El siguiente texto fue escrito en 2005 para expresar y compartir mi preciosa experiencia personal como estudiante en el Colegio Aljarafe. Desde entonces ha sido bien recibido por los lectores, la mayoría antiguos alumnos, a los que agradezco sinceramente la acogida y sus comentarios en los diferentes lugares donde ha sido publicado. Con una pequeña edición, vuelvo a publicarlo en mi página web personal para seguir compartiendo mis palabras, mis recuerdos y desde luego, mi nostalgia.

Aunque está cargado de emociones, no se trata de un texto muy bien escrito. Podría tener decenas de correcciones pero he preferido cambiar muy poco la redacción original para conservar y seguir reflejando, si es posible, el pulso y la ilusión del momento en el que lo escribí. Aparte he mejorado el formato para adaptar la publicación al estándar actual en Internet y optimizar el posicionamiento en buscadores.

Hace unos meses volví a visitar mi colegio, esta vez acompañado de mi hija (Verano 2018) y fue sin duda, algo especial, para volver a recordar incluso detalles que ya estaba olvidando y casi no perdono. Pero sobre todo por haber estado allí con mi hija y haberle enseñado una parte tan importante de mi. Os dejo con el texto original, estaré muy atento a vuestros comentarios si tengo la suerte de seguir recibiéndolos. Gracias por estar aquí.

Nota: Este artículo no es solo texto, son infinitas imágenes invisibles, miles, millones de fotografías que por desgracia solo conservo en mis recuerdos. Pero una de mis tareas pendientes es volver al castillo para fotografiarlo. No como fotógrafo (uno de mis oficios), sino como Luis Serrano. Consultaré si tengo permiso para hacerlo en cuanto me sea posible.


Colegio Aljarafe,
El Reino donde crecí.

Recuerdo con tanto cariño, que hasta duele, aquel colegio. Inmenso, lleno de cosas maravillosas y gente mayor que me enseñaban como se debe crecer: libre y amando. No puedo evitar enumerar, más por necesidad personal.

Aquel teatro con un techo hecho de cielo y aquel parque que dejó de ser zoo antes de que pudiera grabarlo en mi infantil memoria de los 80. Parvularios, el pasillo de un barco que miraba a un mar lleno de neumáticos y patos, la cafetería que cerró dejándonos a todos aquel buen sabor a café y mantequilla. La plastilina y las ceras blandas de mis primeros años en aquel castillo de ventanas gigantes.

Fuentes de piedra por todos lados, recuerdo el sabor del agua, recuerdo mirarme la cara reflejada en el grifo, mientras bebía con la boca pegada, antes de entrar en clase. Recuerdo los pupitres marrones con las firmas de los que antes habían estado en ellas. Tantos lugares y recuerdos dentro de aquel colegio que me vio crecer.

Grabada a fuego la imagen de Maribel, mi profesora de párvulos, la libertad en persona, que hoy en día hubiera sido mi musa, con su pelo negro y largo, sus gorros, sus sonrisas, bohemia de personalidad única y sorprendente.

El pelo dorado y rizado de Jose Luis, también en párvulos, la bondad, un hombre que pareció nacer para dar amor a sus pequeños alumnos, cuanto lo echo de menos.

Tampoco olvido, aquellas ventanas que muchos decidimos usar como asientos o tumbonas blancas al Sol del recreo (y al Sol de alguna clase). Parece que fue ayer cuando abría las puertas de los servicios como si fuera un pistolero entrando en un bar del oeste, las columnas de cemento liso y los suelos llenos de pisadas, las grandes escaleras con bordes de goma que subían hasta la segunda planta desde donde podías ver el patio con su fuente y los rosales, o viajar hasta el gimnasio de Mejias, Kity o Mariola después.

Recuerdo cuando un jugador de baloncesto famoso nos visitó y recuerdo al enorme Ramón, la fuerza, el valor, la ira, la verdad y la mentira, el poder, la vergüenza y la desvergüenza, paseando su barba y su coleta entre nosotros, vestidos con leotardos para sus clases. Cuanto tengo que agradecerle a Ramón, que me enseñó el camino para tranquilizarme, para enfurecerme, para apreciar las cosas bellas y sacar lo bello del dolor, no miento, así fue mi relación con el

RUIDO, la revista del colegio donde publiqué un cómic llamado “Nightmare” o aquel muro donde dibuje con otros amigos un graffiti tras ganar el concurso de mascotas. Francisco abría y cerraba las puertas del castillo, Francisco velaba por el colegio con sus vaqueros y sus camisas bien ajustadas, Francisco, el hombre que vendía bocadillos en las puertas del comedor que nunca visité para comer.

Recuerdo a Enya, de fondo en las clases de literatura con Manuel, la picardía, con sus comparaciones que sacaban la risa de cualquiera. Juan Palomas, los derechos y la lucha , sus matemáticas fueron las mejores del mundo y sus palabras, siempre, las más correctas.

Javier, la paz, nuestro profesor de religión que aguantaba el dolor de la enfermedad en sus huesos, apretando los dientes mientras simulaba escribir en la pizarra, fue, sin duda un ejemplo de dedicación y esfuerzo para todos.

Pepe Villagrán y Jose Pereira, eran el ánimo y la espontaneidad, yo los conocí en persona y hoy estoy orgulloso de haber estado en sus clases. Rosario, la naturalidad y las segundas opciones, que me hizo viajar en el tiempo, pensar diferente y conocer a reyes, dioses, culturas y civilizaciones. Martín, con el que soñé a ser famoso, fue el quién me enseñó además de su asignatura, que “milpesetas” no era solo dinero y que “humo!” significaba que podíamos salir de clase, tras despedirnos de el y Bruce S. :), que grande era Martín.

Paco Gracia, la sencillez de las cosas, el agradable profesor de inglés que primero se preocupó por ser más amigo que profesor, y terminó siendo grande en la enseñanza y en la amistad. Tere,  la belleza de las cosas que nos rodean, mi profesora de biología con la que todos compartimos lágrimas al conocer el trágico accidente de su marido.

El insuperable Enrique Robles, la complicidad, el humor, lo gracioso de las cosas serias, y aquel espectáculo que dimos, “Los premios MOSCAR”, no olvidaré nunca a todo el colegio mirando nuestro show, todos riendo y aplaudiendo aquellas caricaturas que hice para los premios, sin Enrique, tampoco sería quién soy hoy.

Carmen en «material», la bondad en forma de mujer, era imposible no cogerle cariño. De algunos de mis profesores ya no recuerdo el nombre y llego a sentirme mal, pero conservo cosas más importantes que me dieron. A todos ellos, sinceramente gracias, de verdad.

Luis Serrano.

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